
Una de las imágenes de que alardea la web del Ayuntamiento de Limpias.
No soy vecina de la Junta de Voto, pero si lo fuera maldita la gracia me iba a hacer el que los de enfrente tuvieran instaladas baterías antiaéreas y ametralladoras, en su día colocadas en no sé qué fragata, corbeta o destructor. No es porque llegara a temer que la máxima regidora del municipio limítrofe tomara iniciativas espontáneas -no va esto con ella- y emulara en un día de furia a Agustina de Aragón. Simplemente sería cosa de vergüenza y pereza; sentimientos que supongo compartirán algunos convecinos en Limpias.
Vergüenza por vivir en un pueblo que ha decidido encomendar su mayor atractivo al ensalzamiento de la destrucción, y pereza por tener que buscar cada día una historieta distinta que contar a mis hijos cuando me preguntan para que sirven esos trastos grises rematados por largos tubos. Posiblemente la guerra y la destrucción del ser humano forma parte de nuestra civilización; negarlo es negar nuestro pasado, pero una cosa es saber esto y otra colocar un barracón de campo de exterminio delante de cada colegio, un cadáver disecado del genocidio de Rwanda en la plaza de abastos, o salpicar de trincheras de la primera guerra mundial cada prado. Tales exageraciones se asemejan en cierta medida a la excentricidad de salpicar el hermoso paseo de Limpias con varias piezas de artillería, que le sientan como a un santo dos pistolas, desde luego.
La actual regidora, haciendo de la necesidad virtud -pues no creo que la idea sea suya- manifiesta hoy su orgullo por tan brutal deslocalización. Y seguramente ajena al ideal castrense, no siente lástima por unas máquinas a buen seguro avergonzadas por verse donde están y no haber rendido sus últimos servicios en combate o, en el caso extremo, no acabar entregadas a la cuba y la cizalla para conformar con sus restos otros ingenios más modernos y poderosos. Es de suponer que los artefactos de guerra, como quienes los manejan, tienen su honor y aspiran a un destino glorioso. Ahora que, dadas las circunstancias, y volcados en la promoción del turismo Lumpiense (nadie imaginó que esta localidad pudiera basar su atractivo en la exposición de cañones y metralletas), bueno sería convocar oposiciones para dejar los emplazamientos al cuidado de, al menos, un Vice-Almirante de la Armada en la reserva, a quien conceder mando, si no “en Plaza” -pues esto aún es cosa de los civiles- sí “en Paseo”; y que esta Autoridad, asistida de un par de Guardamarinas, vaya posando al pie de cada uno de los artilugios para deleite de viejos nostálgicos y, sobre todo, de todos esos niños que nos visitan, en quienes, no sé si desgraciadamente, hace años que no prende el ardor guerrero que alumbró el alma de nuestros (mejores) antepasados.
En fin. Si de lo que se trataba era de destrozar un Paseo para reedificar la vocación militar, enhorabuena Señoría, vamos por buen camino. Quién sabe si en agradecimiento a su gesto, uno de nuestros hoy niños, inclinado al campo de las armas por esta encomiable iniciativa, y elevado por mérito y valor al mando, no acaba proponiendo su nombre -tan propio del caso- para bautizar un buque de guerra. Piense en ello, y no dude en auspiciar un encuentro promocional en el Parador, convocatoria que sea para viejos oficiales y jefes de la armada. Prepare una arenga -así se llaman los discursos que se hacen ante quienes son y han sido soldados- plagado de evocaciones a grandes momentos y citas a Churruca, Gravina y Méndez Nuñez. Esa sería la culminación al insigne proyecto de hacer de Limpias la ciudad retiro de la Armada española, intención pionera y original que es posible ni siquiera se le haya ocurrido, pero que este blog le regala en agradecimiento a su constante vocación de servicio.
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