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A la memoria de la casa del Río
Escrito por Silvia el 8 Mayo 2011 @ 11:09 en Documentos, Rehabilitacion | No hay comentarios
En estos días en que, frente a las Escuelas Públicas de Limpias, se están acumulando las rocas para perpetrar el encauzamiento del Arroyo Borrico, con la bendición de las autoridades competentes (foto posterior), me sorprendí preguntándome cómo habríamos de explicar a los niños todo el desastre - comenzó con la destrucción del puente de 1723 y la urbanización de prados inundables- que está escenificándose ante sus ojos. Este espectáculo de incompetencia colegiada y claudicación ante la avaricia de un constructor.
Tal vez contarles lo mínimo, para que entiendan lo justo. Como siempre que algo da bastante asco. Como cuando uno preferiría no transmitir demasiada amargura, pero no queda más remedio. ¡Y todo esto precisamente junto a las Escuelas Públicas del Conde de Albox (1912), que ahora van a cumplir su primer siglo y habría que celebrarlo por todo lo alto y, aún más que nunca, sería necesario preservar y ensalzar su entorno!
Como un mínimo consuelo, esos mismos días coincidieron dos hallazgos interesantes sobre la Casa de Albo, conjunto de construcciones de 1723 ignorado esforzadamente por las instituciones. Víctima directa e inmediata del mencionado encauzamiento, como ya sabemos todos los demás y ha difundido la prensa.
La primera de las sorpresas fue esta preciosa postal que aquí se incluye (foto anterior): después de haber tratado de reunir el máximo de imágenes antiguas para el libro que realicé con Carmen Ceballos en 2009… ¡tenía en mis manos una postal original de la Casa de Albo totalmente desconocida para mí!
Cotejada con la ya conocida por todos (foto anterior) –que ACL21 usó, con toda intención, como portada de las VII Jornadas de Acanto sobre el Patrimonio de Cantabria, Parador de Limpias, octubre de 2007-, pude comprobar que ambas fueron hechas por los mismos días. Tal vez en la misma sesión, dada la coincidencia total de la copa del magnolio del antuzano, por ejemplo.
Gracias al cambio de encuadre, en la nueva postal se aprecian incluso mejor algunos aspectos muy interesantes referidos al arroyo:
-La altura del puente de Albo era relativamente mucho mayor que ahora. Su ojo parecía más grande y su lomo arqueado sobresalía mucho más del terreno. Es decir: la carretera ha ascendido muchísimo y el lecho del arroyo también ha subido, sobre todo por la retención de los materiales de arrastre debida a las conducciones que se metieron en él, según me hicieron observar algunos vecinos. Habría, pues, que haber empezado por drenar el lecho del arroyo y retirar de su cauce esas tuberías obsoletas.
-La orilla pedregosa opuesta a la casa era la zona de expansión del Arroyo Borrico durante las crecidas. Es decir, su zona de inundación controlada. A ese costado nosotros propusimos, sin éxito, hacer un canal de aliviadero bajo la carretera, lo que habría sido una “restauración” del funcionamiento tradicional del cauce.
- En nuestra foto 2 se aprecia claramente a la izquierda un pequeño muro de contención, que defendería a la casa de Oria (la humillada casona de 1690 del otro lado de la carretera, hoy circundada de horrendos bloques amarillos, escombros, alambradas y el montón de rocas mencionado al principio. Luego estará aún peor, cuando levanten todo lo previsto, si es que sobrevive). Y el muro de Albo no cierra la entrada de la casa, sólo se prolonga hasta el rollo heráldico, el cual une a su función simbólica la de refuerzo del extremo libre de dicho muro. Esto debería ser tenido en cuenta de cara a su protección, ahora que han decidido declararlo BIC.
Esta inocente postal nos da una lección sobre el antiguo trato sostenible a un arroyo urbano: se construían las defensas justas para proteger las dos casas de las crecidas ocasionales y dejaban que el agua se extendiera y remansase donde no hacía daño. En esas contadas ocasiones, nuestro bárbaramente desaparecido puente (del que sólo cabe una reconstrucción literal) sería una especie de península ahuecada, con un lado del arco apoyado en medio del arroyo. Un pequeño mirador sobre las aguas agitadas. Y el antuzano ante la fachada de Albo también se encharcaría por breves períodos. Por algo aún la llaman “la casa del río”.
Así de sencillamente se solucionaba la convivencia humana con una zona inundable, resumida en unos pocos metros. Evidentemente, ello implicaba una muy moderada densidad de edificación (muy sólida, por cierto)
El otro hallazgo de estos días grises es un testimonio oral, recogido por mi amigo Marcelino González. Al parecer, cuando bajaba caudaloso, el arroyo entraba en la huerta de Albo.
Lo que ahora sería una catástrofe que deberían cubrir los seguros, entonces era una bendición, pues así depositaba los limos fértiles que arrastraba del monte y los prados de La Fontanilla, acarreándolos sin el menor esfuerzo.
Y es que precisamente, más arriba del fenecido puente hay aún (por poco tiempo, supongo) los restos de un pequeño azud (foto anterior) que tendría precisamente esa función: desviar el agua por la abertura de la cerca para que inundase según conveniencia, la hermosa huerta.
En esta dirección fue otra propuesta que hicimos hace meses para canal de aliviadero: desviar el agua de las crecidas por la huerta, a la altura del azud y que rodease la trasera de la casa hasta devolverla al río.
¿Por qué don Juan Cosme de Albo mandó edificar su casa sobre el arroyo, con los cimientos prácticamente sumergidos, pudiendo haberse retranqueado unos metros sin salirse de la parcela? Está claro que un arquitecto como Pedro de Toca no proyectaría a la ligera (como muchos de ahora) y que su emplazamiento tenía una misión.
Sirvan estas líneas como invitación a un estudio arqueológico de las funcionalidades desconocidas de esta casa de principios del siglo XVIII tan especial. ¿Tendremos tiempo?
Santiago Sobrino González, biólogo y presidente de la Asociación Juan de Espina
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